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De científicas a empresarias: ocho investigadoras formadas en el CONICET que llevaron la ciencia argentina al mundo

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Composición con IA, de las científicas (gentileza)

Del cáncer a la fertilidad, de los microorganismos de la Puna a los erizos de mar patagónicos: una generación de científicas argentinas transformó años de investigación en startups biotech que ya levantaron más de US$40 millones y buscan llevar sus desarrollos al mercado internacional

Durante años, el camino tradicional para un investigador argentino parecía bastante definido: estudiar, investigar, publicar trabajos científicos, formar equipos y buscar financiamiento para continuar en el laboratorio.

Pero una nueva generación de investigadoras decidió sumar otro desafío: convertir los resultados de años de investigación en empresas capaces de desarrollar productos y soluciones concretas.

Ocho científicas formadas en el sistema científico argentino dieron ese salto hacia el mundo del capital emprendedor y la biotecnología. En conjunto, sus compañías ya levantaron más de US$40 millones y algunas de ellas tienen operaciones, ensayos, exportaciones o vínculos comerciales fuera del país.

El fenómeno se produce además en un sector que viene ganando peso en el ecosistema emprendedor argentino. Según el informe Panorama del Capital Emprendedor Argentino 2026, elaborado por ARCAP y EY, la biotecnología concentró el 43,1% de las operaciones de capital emprendedor realizadas en 2025.

OncoLiQ: detectar el cáncer a partir de una muestra de sangre

La científica Marina Simian, junto con Adriana De Siervi, impulsó OncoLiQ, una compañía que busca desarrollar herramientas para la detección temprana del cáncer mediante el análisis de microARN presentes en la sangre.

La propuesta apunta especialmente a enfermedades que actualmente no cuentan con métodos de tamizaje ampliamente disponibles, con la posibilidad de desarrollar herramientas más accesibles y descentralizadas.

Simian pasó más de dos décadas como investigadora del CONICET antes de dar el salto al mundo empresarial. La compañía ya levantó más de US$4,2 millones y se prepara para una nueva etapa de crecimiento.

Microgénesis: buscar respuestas donde los estudios convencionales no las encuentran

Gabriela Gutiérrez, fundadora y CEO de Microgénesis, partió de una pregunta vinculada con la fertilidad: qué sucede cuando los estudios tradicionales no encuentran una explicación para las dificultades reproductivas.

La empresa desarrolló una metodología que combina antecedentes clínicos, síntomas y biomarcadores metabólicos, inflamatorios y relacionados con la microbiota para identificar determinados perfiles y orientar el tratamiento.

La compañía levantó más de US$4 millones, con inversión privada proveniente de Argentina, Estados Unidos y Asia.

OncoPrecision: modelos vivos para estudiar cada tumor

La propuesta de OncoPrecision, con Candelaria Llorens como una de sus principales referentes, apunta a personalizar el estudio del cáncer.

La empresa desarrolla microavatares de tumores reales, modelos vivos que permiten analizar el comportamiento de las células cancerosas y estudiar por qué determinados tratamientos no funcionan.

Con herramientas de inteligencia artificial, el equipo busca identificar mecanismos de resistencia y desarrollar terapias capaces de sortearlos.

La startup ya reunió alrededor de US$11 millones de capital y mantiene operaciones entre Córdoba y Nueva York. Su terapia más avanzada se encuentra próxima a la etapa de estudios clínicos.

Erisea y ProMarine: ciencia desde el mar patagónico

Tamara Rubilar convirtió más de dos décadas de investigación sobre las huevas de los erizos de mar en una propuesta comercial vinculada al envejecimiento saludable.

A través de Erisea y su marca ProMarine, desarrolló suplementos basados en ese conocimiento científico, con licencia exclusiva del CONICET.

La empresa, que se convirtió en la primera startup tecnológica de la Patagonia en obtener ese tipo de licencia, ya realizó su primera exportación a Estados Unidos y recibió cerca de US$5 millones de inversión.

Puna Bio: microorganismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas

En los salares de la Puna existen microorganismos capaces de sobrevivir a condiciones extremas: radiación intensa, altura y una salinidad muy superior a la del océano.

María Eugenia Farías, Elisa Bertini y Carolina Belfiore encontraron en esos organismos una posible herramienta para la agricultura.

Puna Bio desarrolló productos basados en esos microorganismos extremófilos para mejorar el rendimiento de cultivos y permitir la producción en suelos degradados.

La compañía ya opera en Brasil, Estados Unidos y Paraguay, lanzó tres productos y levantó más de US$10 millones, incluyendo una ronda liderada por Corteva con participación de la Fundación Gates.

BioEutectics: química verde para reemplazar solventes contaminantes

María Fernanda Silva llegó a ser investigadora superior del CONICET y directora de un instituto en Mendoza antes de convertirse en emprendedora.

Su compañía, BioEutectics, desarrolla solventes de origen natural destinados a reemplazar productos petroquímicos utilizados en industrias como cosmética, alimentos, agro y materiales.

La startup ya acumuló más de US$4,8 millones entre capital privado y programas de aceleración. Mantiene su laboratorio en Mendoza y sumó una sede en Tulsa, Estados Unidos.

Semion: activar las defensas naturales de las plantas

Victoria Coll Aráoz pasó 13 años investigando una plaga que afecta especialmente a los cultivos de maíz antes de dejar el CONICET y fundar Semion.

La compañía trabaja sobre una estrategia diferente: en lugar de atacar directamente a la plaga, busca activar las defensas naturales de la propia planta para que pueda resistir mejor sin perder productividad.

En sus primeros ensayos registró aumentos de alrededor del 30% en el rendimiento de lotes afectados, mientras continúa realizando pruebas a campo en Argentina y Paraguay.

Semion levantó alrededor de US$1 millón de capital privado, además de fondos no reembolsables.

El desafío: transformar conocimiento en impacto

Las historias tienen diferencias importantes, pero comparten una misma idea: investigar no tiene por qué terminar en una publicación científica.

Para estas científicas, emprender tampoco significa necesariamente abandonar la ciencia. En muchos casos, el objetivo fue justamente el contrario: encontrar una vía para que años de investigación pudieran convertirse en tecnologías, productos y soluciones capaces de llegar a más personas.

Ese camino, sin embargo, tiene obstáculos. Entre ellos aparecen el acceso al capital, la propiedad intelectual, las diferencias entre los tiempos de la investigación y los del mercado y la necesidad de incorporar conocimientos empresariales que no forman parte de la formación tradicional de un científico.

El caso también muestra un desafío estructural: las startups científicas argentinas suelen necesitar buscar financiamiento en el exterior para poder escalar.

Una generación que busca llevar la ciencia más lejos

La experiencia de estas investigadoras deja una conclusión que va más allá de cada startup.

Argentina tiene científicos, universidades, institutos y conocimiento capaz de generar soluciones con impacto internacional. El desafío es construir un ecosistema que permita que esas investigaciones puedan patentarse, transferirse, financiarse, escalar y llegar al mercado sin perder el vínculo con el sistema científico que las hizo posibles.

Porque un descubrimiento puede quedarse en un paper o puede convertirse en una tecnología que cambie algo.

Y estas científicas eligieron intentar lo segundo.